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Blanca aprovecha cualquier motivo y ocasión para honrar a San Roque. Y lo hace con explosiva alegría, ya que la pólvora satura con el estadillo de los cohetes y su penetrante olor, junto con el de romero, el lentisco y la jara, se entremezcla con el atardecer de los días de primavera, cuando dan comienzo nuestras fiestas.
La amanecida del viernes, ocho días después de la Resurrección, está alegrada por el volteo de todas las campanas de la torre parroquial, y multitud de tracas y cohetes rompen la tranquilidad mañanera, como compases de fondo a una actividad incesante y creciente, por momentos, en la que las personas de todas las edades y condición, ataviadas con indumentarias camperas, se aglomeran en la Plaza de la Iglesia en espera de ver aparecer la venerada imagen de San Roque.
Tras su aparición en la puerta de la Iglesia Parroquial se inicia la procesión hasta el límite del pueblo y allí comienza entonces la romería. A hombros de sus “sanroqueros” y acompañado en su camino por multitud de romeros, llega hasta su ermita del campo.